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¿El fin del formato físico? El futuro de los videojuegos y nuestros derechos como consumidores

hace 2 minutos
5 min de lectura
1up gaming

Estamos a semanas del lanzamiento de Grand Theft Auto VI, el juego más esperado de este año y quizá uno de los más anticipados en la historia de la industria. Sin embargo, su llegada coincide con una serie de cambios que podrían transformar el negocio de los videojuegos de maneras que no imaginábamos, o que simplemente no creíamos posibles tan pronto. Me refiero a la desaparición del formato físico y a la reestructuración de una industria que parece priorizar cada vez más las ganancias por encima de la experiencia del jugador.


Después de que comenzaron las preventas de GTA VI, se dio a conocer que su edición física llegaría en una caja con un código de descarga, pero sin disco. A pesar de ello, el interés por el juego no parece haberse detenido. Poco después, el 1 de julio, Sony anunció que dejará de producir discos físicos para los nuevos juegos de PlayStation a partir de enero de 2028. Para muchos gamers que crecimos jugando y coleccionando en formato físico, esto fue un golpe directo al corazón. Estamos viendo de manera muy tangible cómo cambia la industria y, por lo menos desde nuestra perspectiva como consumidores, no necesariamente para bien.


La muerte del formato físico no significa solamente quedarnos sin plástico que coleccionar y seguir apilando en nuestras casas. Significa perder la posibilidad de elegir cómo queremos comprar y jugar nuestros videojuegos. También significa renunciar a algo que pocas veces se considera cuando se habla de las ventajas del mercado digital: la posibilidad de ser dueños de una copia que podemos prestar, intercambiar o revender. Cuando compramos un juego físico, podemos recuperar parte de nuestro dinero al venderlo, cambiarlo por otro o compartirlo con alguien más. En cambio, una compra digital normalmente queda vinculada a nuestra cuenta y no podemos revenderla libremente. ¿Por qué deberíamos aceptar que desaparezca esa opción?




Es cierto que actualmente el mercado digital tiene un peso importante en las ventas de videojuegos. Sin embargo, las cifras deben analizarse con cuidado, pues no todas miden lo mismo. Los ingresos digitales pueden incluir juegos completos, expansiones, monedas virtuales y hasta una skin. Por eso, cuando se habla de porcentajes que favorecen al formato digital, es necesario conocer qué se está contabilizando antes de concluir que los jugadores ya no quieren comprar juegos físicos. Una cosa es que el mercado digital crezca y otra muy distinta es que todos queramos depender exclusivamente de él.


Desafortunadamente, parece que la industria está cada vez más controlada por decisiones corporativas en las que la rentabilidad tiene prioridad. Entiendo que los videojuegos son un negocio y que una empresa necesita generar ganancias para mantenerse. Pero ¿a qué costo? Hoy hablamos de una de las industrias del entretenimiento más grandes del mundo, capaz de crear experiencias que compiten con las de Hollywood y que nos permiten sumergirnos en mundos extraordinarios. Al mismo tiempo, somos una comunidad que ha demostrado su rechazo a decisiones que considera perjudiciales, desde ciertas prácticas de monetización hasta el uso de inteligencia artificial generativa en procesos creativos. Sin embargo, parece que esa relación entre jugadores y videojuegos queda en segundo plano cuando se trata de aumentar las ganancias.


Y aquí llegamos a uno de los problemas más importantes del formato digital: la propiedad. Cuando compramos un videojuego digital, generalmente adquirimos una licencia de uso sujeta a determinadas condiciones, no una copia que podamos transferir libremente. Mientras la tienda y los servicios sigan funcionando, podemos continuar disfrutando de nuestra biblioteca, pero ¿qué ocurre cuando dejan de hacerlo? ¿Quién garantiza que podremos volver a descargar nuestros juegos dentro de diez, quince o veinte años?

Un disco tampoco garantiza que un juego funcione para siempre: existen títulos que necesitan actualizaciones, descargas adicionales o servidores activos. Pero tener una copia física nos ofrece una forma de conservar y compartir ese juego que no depende por completo de una tienda digital. Además, permite que los videojuegos circulen entre jugadores y que sigan encontrando un público incluso años después de su lanzamiento. Si desaparece esa alternativa, perdemos una parte importante de nuestro control como consumidores.


Lo irónico es que Sony anunció su transición hacia un mercado exclusivamente digital para los nuevos lanzamientos de PlayStation mientras también comunicaba el cierre de las tiendas de PS3 y PS Vita, que dejarán de aceptar nuevas compras en los plazos establecidos para cada región. La compañía ha indicado que las compras anteriores podrán seguir descargándose por tiempo indefinido, pero eso no equivale a una garantía permanente. El mensaje resulta contradictorio: primero se impulsa un modelo en el que dependemos de las tiendas digitales y después se nos recuerda que esas mismas tiendas no están obligadas a permanecer disponibles para siempre. ¿No deberíamos preguntarnos qué pasará con los juegos que desaparezcan de los catálogos y que quizá ya no podamos conseguir de ninguna otra manera?


La guerra entre lo físico y lo digital seguramente continuará durante mucho tiempo. Por su parte, Nintendo mantiene un modelo que contempla vender juegos en ambos formatos, aunque tampoco se salva de sus propias controversias. Las llamadas Game-Key Cards de Switch 2, por ejemplo, incluyen una tarjeta física que funciona como llave para descargar el juego, en lugar de contenerlo por completo. Aun así, prefiero que existan distintas alternativas antes que avanzar hacia un mercado en el que todos estemos obligados a comprar de una sola manera.


Entonces tenemos a Nintendo, con sus propias contradicciones, y a Sony apostando por una postura cada vez más corporativa, que muchos de sus usuarios perciben como un alejamiento de la comunidad que ha crecido junto con la marca. Las restricciones de las plataformas y los intentos de algunos usuarios por encontrar formas de modificar sus consolas también reflejan el conflicto que existe alrededor del control de los dispositivos que compramos. No se trata de justificar cualquier práctica, sino de reconocer que la relación entre las compañías y sus consumidores se deteriora cuando estos sienten que cada vez tienen menos control sobre sus propias experiencias.


Al final, ¿se trata realmente de los juegos físicos? Seguramente no. Va mucho más allá. Se trata de hacernos respetar como comunidad, de que no se nos vea únicamente como una lista de números y de recordar que detrás de cada compra hay personas que han construido una relación con estas marcas durante años. Se trata del amor por las franquicias con las que crecimos y por esos mundos en los que hemos vivido decenas de vidas diferentes.



Los videojuegos son un negocio, pero también son cultura, recuerdos y experiencias que compartimos. No deberíamos tener que elegir entre disfrutar de las ventajas del mundo digital y conservar nuestros derechos como consumidores. Si las compañías quieren que sigamos acompañándolas en el futuro, también deben entender qué es lo que nos ha mantenido aquí durante tantos años.


Porque el problema no es que los videojuegos evolucionen. El problema es que, en nombre de esa evolución, terminemos perdiendo la posibilidad de decidir cómo queremos jugar, qué queremos conservar y qué hacemos con aquello por lo que pagamos.

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